Fundamentalistas del Aire Acondicionado en Estadio Único: Dios es digital

Los Fundamentalistas convocaron a miles y, con el Indio en digital, se recibieron de banda de estadio.

Ph: KVK Fotos
12 de noviembre de 2005. Habían pasado 11 meses del lanzamiento de El Tesoro de los Inocentes, el primer álbum solista del Indio Solari y la obra que confirmaba que el impás de Patricio Rey era mucho más que un dilatado año sabático. Hasta entonces, las presentaciones en vivo eran un misterio que incluso ocupaba las dudas y ansiedades del propio cantante, pero que terminarían por quedar en el olvido durante aquella noche platense, en el Estadio Único, en lo que sería el inicio del extenso camino de los Fundamentalistas del Aire Acondicionado. El pasado fin de semana, allí dónde comenzó todo, con figuras que se mantuvieron constantes, otras que se sumaron en el camino, la mística a flor de piel y con el ascenso del Indio a la omnipresencia digital, la nueva fase de la banda se consagró como monstruo de estadio convocando a más de 100 mil espectadores.

La tarde es un recorte eterno y atemporal. Desde temprano, sobre la Avenida 32, los sonidos, las sonrisas, el humo, las bebidas y las comidas de cada una de las misas del pasado se vuelven a manifestar como si fuera la primera vez. Aunque, en esta ocasión, hay razones de sobra para rezar sobre el comienzo de algo nuevo. Se trata del reencuentro después de casi dos años de pandemia con las canciones que tan felices nos hacen y que despiertan ese fervor indescriptible. Ese mismo fervor que hace que, a una hora de que comience el recital, en las inmediaciones del estadio y dentro de él, la gente cante por los Redondos como si estuviéramos a la mitad de algún mítico show de la década del ‘90. Aún no escuchamos un sólo acorde en vivo.




La inmensidad del estadio se ve coptada por más de 55 mil personas que, a través de sus remeras, cuentan con orgullo el camino que nos trajo hasta aquí. Tandil, Salta, Gualeguaychú, San Luis, Junín, Olavarría. Han sido 16 años de kilómetros y kilómetros en los que los Fundamentalistas han mutado hasta alcanzar la formación que hoy se erige como el gran dream team de músicos argentinos: Gaspar Benegas y Baltazar Comotto en guitarras, Pablo Sbaraglia en teclados, Fernando Nalé en bajo, Ramiro Lopez Naguil en batería, Sergio Colombo y Miguel Ángel Tallarita en vientos, Deborah Dixon y Luciana Palacios en coros. En la voz, todos ellos, que se reparten las canciones según sus registros y el color de cada una de ellas. Antes, las cantaba todas el mismo sujeto.


Llegadas las 21.30, un adrenalínico clip que cuenta este recorrido se transmite en la tríada de pantallas verticales que conforman un austero escenario. Luego, la clásica invocación chamánica y los primeros acordes de “Había Una Vez” para desatar la fiesta de tres horas que exorciza las angustias, el encierro, la incertidumbre y las tinieblas de los tiempos oscuros que nos tocó vivir. Las pocas interacciones de palabra que tendrá la banda con el público van por ese lado. El de no poder creer que estamos de vuelta, todos juntos, sin barbijos ni distanciamiento de por medio, de vuelta en “el condenado paraíso”. El arranque es abrumador: se suceden “El Charro Chino”, “Toxi - Taxi” y “Un Ángel Para Tu Soledad”.


En el medio del estadio, una bola gigante de espejos nos anticipa que será una noche para cantar y bailar. Los Fundamentalistas tienen preparada una lista donde reina la variedad, las sorpresas y los estrenos. Durante ambas noches, se sacarán las ganas de interpretar con toda intensidad canciones de El Amor, El Ruiseñor y La Muerte, el último álbum de estudio cuya presentación en vivo quedó trunca. Además del tema que da nombre al álbum (momento por demás emotivo), suenan “El Tío Alberto en el Día de la Bicicleta”, “A Bailar Que No Hay Infierno”, “La Pequeña Mamba” y “El Que la Seca la Llena”, que se extiende hacia el final con una apuesta por demás atrevida e inesperada: el Único se convierte en una rave con un beat que nos deja sin aire, digno del mejor Hernán Cattaneo.




Por supuesto que hay espacio por demás para invocar a Patricio Rey, para cantar aquellas canciones inoxidables que lo comenzaron todo y que son la razón pura que nos convoca: vamos por ellas. Entre ambas fechas se reparten “Fuegos de Octubre”, “Canción Para Naufragios”, “Maldición, Va a Ser un Día Hermoso”, “Juguetes Perdidos”, “Mariposa Pontiac”, “Alien Duce”, “Unos Pocos Peligros Sensatos”, entre otros. Quizás, la sorpresa más hermosa que nos prepararon y que será materia de recuerdo es la interpretación de “Mi Genio Amor”, el inédito más celebrado de la historia de la banda y que no sonaba en vivo desde 1991. Pasaron 30 años, seguimos aquí.


“El Tesoro de los Inocentes”, “Amnesia”, “To Beef or Not to Beef”, “Black Russian”, “Flight 956”. Los temas originales del Indio Solari con los Fundamentalistas no dejarán nunca de reivindicar la homogeneidad que existe en el corazón de la gente. Se llevan nuestras piernas y gargantas por igual. Habrá lugar para sumar canciones a este repertorio, con el Indio erigiéndose como mentor cyberpunk, transmitiendo desde dentro de algún disco rígido, el refugio para la perpetuidad de su cuerpo (más no de su espíritu). “La Vida es una Misión Secreta”, “Jericó” y “Aerolíneas Rebeldes” debutan en vivo, se llevan sus primeros aplausos y los ojos encandilados por las imágenes del Míster.


El final es el que ya conocemos: el pogo más grande del mundo, la última entrega y la despedida que ahora, ya sabemos, será un constante “hasta la próxima”. Ya no especulamos con últimas veces y finales emotivos. La nueva fase de esta locura indescriptible nos da esa seguridad. El fenómeno es tan grande y la mística tan fuerte que ya ha excedido a todos aquellos que alguna vez formaron parte. Entiéndase, no estamos desestimando a nadie. Pero el fenómeno de música independiente más grande del planeta goza de la virtud de tener, siempre por delante, las canciones que lo componen. Y por suerte, la máxima expresión se da con una banda digna de las escenas de acción más intensas de Mad Max. La solidez de los Fundamentalistas es, sin lugar a dudas, inobjetable.




Llegará el día en que se propongan tocar detrás de un telón negro, a ver que pasa. Y la entrega será la misma. Porque el espacio vacío que queda en el escenario es el del artista que edificó, de la mano de aquel flaco, esta aldea heterogénea y horizontal por igual. Pero parece ser que ya no se trata de verlo a él o de aquella dupla histórica. Se trata de su obra, se trata de vibrar con esos riffs, de llorar con esas letras y de saltar con cada golpe. Aquí no hay una celebración nostálgica, se trata de vigencia y actualidad pura. La obra está viviendo por sí sola y está en hermosísimas y virtuosas manos, que seguramente cambiarán en posibles y lejanos futuros. Porque hay algo que es seguro, esta llama es eterna. Y será vigilada por el tipo, desde las alturas de las pantallas y la versatilidad de los códigos binarios. Dios es digital.

Por Piero Nápoli

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